Por Mag. José Manuel Rodríguez Canales
Director Académico del Instituto para el Matrimonio y la Familia
Universidad Católica San Pablo. Arequipa, Perú.
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No se cierran nunca. Son ventanas de otro mundo. Hasta hoy me duele lo que nunca ocurrió.
- Paro respiratorio
Me dijo el médico corriendo. Miro a mi pequeño corriendo detrás de la pelota, sus nueve años sonríen y agradezco conmovido sin hacer gesto alguno porque a nadie le gusta ver a un hombre llorando por historias que sólo a Dios le interesan. Y pienso que las entrañas de padre son tan fuertes y feroces como las de la madre. Me sé entonces parte de una raza universal: la raza de los hombres que sufrimos esa especie de preñez masculina, un cordón de ternura que cuanto más escondemos más fuerte se hace. Es algo como una patria que nunca se olvida, la fuente de una poesía tan intensa como sobria que desemboca en una caricia mal dada en la cabeza de mi pequeño futbolista que llega hasta la tribuna con la lengua afuera gritando “¡agua!” y al alcanzarle la botella quisiera que mi alma fuera líquida par dársela y que sea siempre feliz. Un llanto tonto asoma y vuelve hacia dentro cuando se va corriendo.
“Paro respiratorio” dijo el médico corriendo. Ya pasaron nueve años y sigue respirando. Es imposible que ese doctor se acuerde de mí. A veces paso por la puerta del hospital y lo veo dormitando en su escritorio, cansado de la guardia, con esa especie de compasión sin sentimientos de los hombres que atienden emergencias. Siento ganas de besarle las manos, pero no lo hago. Soy sentimental pero no estúpido.
“¡Agua!” regresa mi corderito y vuelve a irse corriendo con sus patas chuecas. No alcanzo esta vez a acariciarlo.
- Juega muy bien tu hijo
Me dice otro papá sentado a mi derecha. Jamás le contaré que el médico corriendo dijo “paro respiratorio” y que estamos mirando un milagro.
- El tuyo también
Respondo y veo que sus ojos se humedecen mientras cruzamos los brazos y estiramos las piernas con gesto idéntico, el gesto de nuestra raza, la de los hombres de siempre, los que, como el cholo de la canción, lloran por dentro escondiendo sus historias.
Las cicatrices no se cierran nunca. Ventanas del cielo.